Sobre Ruedas 95 - 2017 - page 36

sobreruedas
me ponía a llorar sin nin-
gún motivo aparente. Tar-
dé mucho tiempo en ser
capaz de entender lo que
me pasaba y en adaptar-
me a esta nueva situación.
Empecé a ser consciente
de ello meses después del
accidente, en la primera
visita con el Dr. José M.
Otín, neuropsiquiatra, que
me explicó con detalle el
origen concreto de mis al-
teraciones: “la serotonina
está descontrolada”.
Me prescribió un trata-
miento para ayudarme
a hacerle frente (sobre
todo a la falta de control
de la ira), y me habló por
primera vez del efecto te-
rapéutico que la música
podía llegar a tener en mí.
Con esta idea, me dediqué
a escuchar toda la música
que pude, siempre bus-
cando unas melodías que
fueran agradables de es-
cuchar (buenas para mi
estado de ánimo) y dignas
de compartir.
Con el paso del
tiempo me di cuenta
de que a medida
que aumentaba
la complejidad
de los ejercicios
podía notar como
mejoraban otros
aspectos de mi
cerebro, como
la memoria, la
concentración, la
coordinación...
y todo hacía
que me sintiera
feliz y motivado
para continuar
adelante, notaba
como mejoraba mi
bienestar general.
Volví a casa, empecé de cero y, amedida que pasó el tiem-
po, fui perdiendo el contacto con la mayoría de personas
que habían formado parte de mi entorno.
Sin darme cuenta, llegué a ocupar muchas horas de cada
día en escuchar, conocer, entender y disfrutar de la música.
En mi situación de soledad y rabia, el simple hecho de
escuchar música con atención y disfrutar de ello tuvo un
valor terapéutico que yo ni podía imaginar aún.
También empecé a tener contacto con muchísimas per-
sonas a través de la música, y actualmente algunas de es-
tas personas se han convertido en compañeros y amigos.
Siempre llevaba música conmigo, y en casa casi siempre
se oía alguna canción. Se convirtió en mi compañera y
poco a poco me ayudó a apartar los malos pensamientos,
las malas energías, las preocupaciones... y pasó a formar
parte fundamental de mi estado de ánimo.
Empecé a tener largas conversaciones sobre música y a
compartirla con las personas cercanas a mí, así que tam-
bién me dio un nuevo criterio para relacionarme con la
gente que iba conociendo con el paso del tiempo.
Un año después del traumatismo, y siguiendo las indica-
ciones de algunos médicos, me interesé por el aprendiza-
je de la música y empecé a tomar clases de trompeta. Las
primeras clases consistían en aprender a sentir y respirar y
en tomar conciencia del instrumento y del cuerpo. Para re-
conocer y aprender ritmos sencillos y elementales tan solo
tenía que contar. Son tareasmuy sencillas, pero que requie-
ren importantes dosis de atención y concentración.
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