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/ Institut Guttmann
experiencia? ¿Hay que salir forzo-
samente del país para poder investi-
gar con garantías y, sobre todo, con
continuidad?
Yo me marché a Estados Unidos al
acabar la tesis en el año 1985 y, en-
tonces, también se decía que quien
quería hacer una carrera científica
se tenía que ir fuera. Irse fuera para
mí es una gran oportunidad, es vivir
otra experiencia, ir a otro centro de
investigación y, si puede ser, de mayor
nivel, con mayores capacidades para
desarrollar nuevas iniciativas, recibir
nuevos inputs, nuevas maneras de in-
vestigar... El proceso formativo del
científico es muy caro, lleva tiempo,
unos 10 o 15 años e incluso más. De
hecho, nunca dejamos de formarnos.
Yo, personalmente, animo a todos los
doctorandos a pasar una temporada
fuera, una vez que hayan acabado la
tesis, a hacer un periodo postdoctoral,
y les ayudo a buscar centros de mayor
nivel. Personalmente, recuerdo mi
etapa de postdoc en Estados Unidos
como los 4 años probablemente más
agradables de mi vida a nivel profesio-
nal. ¡A pesar de estar en Minneapolis,
donde te mueres de frío en invierno!
Ya en un plano más académico, las
diferentes reformas legislativas, el
plan Bolonia, la reiteración de pro-
cesos acreditativos… ¿Diría que se
está burocratizando demasiado la
educación universitaria en detrimento
de su calidad? Por otro lado, usted
es catedrático y padre de estudiantes
universitarios, ¿cómo se ve el panorama
docente desde dentro y desde fuera?
La universidad española no está bien,
necesita apertura y financiación; ac-
tualmente trabajamos con un 25%
menos de presupuesto que hace cinco
años. El plan Bolonia pretendía homo-
geneizar las titulaciones en todos los
países de la Unión Europea para que
los títulos fueran intercambiables y
los profesionales pudieran ir a Polonia
o Suecia y ejercer allí. Para eso se
adaptaron unas normas muy generales,
formarnos en competencias, no en
número de asignaturas y según unas
reglas muy amplias, establecidas por
los países más poderosos, como siem-
pre, los países nórdicos con un modelo
de estudio anglosajón (menos clases,
más tutorías, grupos más pequeños…).
En los países mediterráneos tenemos
un modelo académico diferente, más
presencial y basado en prácticas.
Efectivamente, la universidad está
muy burocratizada. Se confunde me-
todología con objetivos. Hoy en día, la
mayoría de profesores viven agobiados
(en una queja continua, diría yo…) por
la cantidad de horas que dedican, no a
enseñar ni a investigar, sino a rellenar
informes, calendarios, guías docentes,
etc., comisiones de acreditación, grandes
comités de evaluación que pretenden
evaluar la realidad cotidiana que ya
conocemos. Sin embargo, no tenemos
perspectivas claras de mejora, dada
la falta de financiación y la reducción
de plantillas.
Por otro lado, el personal docente
está envejeciendo y las tecnologías
ocupan un lugar predominante y com-
plicado a la vez, ¡si hasta tenemos
que controlar a los alumnos para
que no entren con móviles al examen,
porque se pasan los exámenes por
teléfono! Toda esa gran influencia en
el comportamiento social habitual de
la comunicación tecnológica nos está
colocando en otro paradigma al que
tenemos que aproximarnos. Yo les
pido a mis alumnos que me den ideas
para entrar en ese ámbito de conoci-
miento tan fundamental como es la
necesidad de mirar el WhatsApp cada
cinco minutos. Hay que reaprender
a motivar al alumno. Este es ahora
nuestro nuevo reto como docentes.
Y, desde fuera, veo que los estudian-
tes cada vez tienen más desapego a
la universidad y la viven con menos
entusiasmo. En los últimos 5 años solo
Me gusta cuando trabajamos
con investigadores jóvenes,
becarios predoctorales, que
están haciendo su tesis, y los
llevo al Institut Guttmann
para que vean por el pasillo
a los pacientes en silla de
ruedas y vean lo que pasa
con esos niños que llegan a
hacer rehabilitación a partir
de las 5 de la tarde, cuando
salen del colegio...
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