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/ Institut Guttmann
Experiencias
Un hito
en el desierto
-Hasta aquí -le dije a mi compañero.
Noté mi mente nublada por un ins-
tante, con un cierto grado de tensión
en el rostro, mientras la poca energía
que me quedaba se esfumó en aquella
expresión temporal contundente y, por
tanto, definitiva. Me había entregado
duro durante el último mes y medio
para conseguir aquella meta, pero
los elementos se imponían.
Apasionado por la bicicleta desde mi
infancia, abandoné este deporte en la
adolescencia, cuando mi altura ya no
me permitía circular con las dos ruedas
pequeñas que, situadas a ambos lados
de la rueda trasera, me servían para
suplir la falta de equilibrio que me
provocaba la discapacidad.
“Trike bike”. No me lo podía creer.
A los treinta años había descubierto
por Internet una asociación que or-
ganizaba salidas en bici, en la que
podían participar personas con dis-
capacidad y que alquilaba bicicletas
adaptadas a cada situación. “Trike
bike” era una bici de montaña de
tres ruedas, el asiento a ras de suelo
y el pedalier en la parte delantera:
iba como estirado.
Después de hacer algunas vías verdes
y alguna ruta más larga, la primavera
del año siguiente recibí la propuesta
de participar, en compañía de cuatro
personas más con discapacidad, en
una de las carreras con más reso-
nancia en el ámbito internacional.
Se me planteaba el reto de hacer la
última etapa de esta carrera por el
desierto del Sahara.
-Quiero hacerlo -le dije ami entrenador.
-¿Tú sabes dónde te estás metiendo,
chaval? -mi entrenador ya lo había
hecho el año anterior. -Tendremos que
entrenar fuerte, lo sabes, ¿verdad? Esto
es dentro de dos meses, un poco justo
para prepararte, pero se puede hacer.
-Quiero hacerlo.
El mes y medio fue pasando con entre-
namientos diarios intensos, tanto en el
gimnasio como con la bici, acercándome
poco a poco a la raya imaginaria que
se antoja inicio y final a la vez. Allí,
justo en los instantes antes de cruzar
la línea de salida, viví uno de los
momentos más emotivos. De repente,
sentí el apoyo de los que me rodeaban,
estuviesen presentes físicamente o no.
Allí estaba mi entrenador para darme
los últimos consejos, otros compañe-
ros que corrían o habían ido a ver la
carrera y la gente que estaba en el
punto de salida. En aquellos instantes,
me vinieron a la cabeza las palabras
y abrazos de apoyo que me habían
brindado los que se quedaban en casa.
Tenía muy presentes las palabras de
Silvia, cuando me escribió un correo
electrónico expresando su deseo de que
llegara a la meta. Me dijo entonces:
“Aunque, para mí, que llegues a la
línea de salida ya es un triunfo”. Todo
este aluvión de pensamientos me pasó
por la mente en pocos segundos, con-
virtiéndose en pura energía y fuerza
que, sumadas al propio entusiasmo,
me empujaban con fuerza a salir.
No me lo acababa de creer del todo,
pero había atravesado la línea. Detrás
de mí, el que sería mi acompañante
durante la carrera, Carles.
Eran las siete de la mañana, el sol aún
no calentaba mucho y la temperatura
me resultaba bastante soportable.
Comenzábamos a pedalear.
-Tío, parece que el camino está bastante
bien -comenté mientras pedaleaba-.
Apenas estamos empezando, pero si
el camino es todo así, la cosa parece
bastante asequible.
-Sí, tío, tendremos que intentar darle
un poco más de caña, pero lo veo
viable. Aunque debemos dosificar
las fuerzas, queda mucha carrera
por delante.
Carles teníamás experiencia en carreras
de este tipo. Su papel era asistirme
un poco en temas de avituallamiento
y empujarme en caso de que hubiera
algún pequeño tramo con arena donde
no pudiera avanzar solo.
Iba acumulando metros pedaleados
en mis piernas, mientras me dejaba
empapar por la sensación de inmensidad
que me dejaba la planicie de arena
que atravesábamos por un camino de
tierra compactada y piedra. Tenía que
estar muy atento a la dirección del
trike para hacer pasar las ruedas por
el lugar más favorable. Sin embargo,
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