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/ Institut Guttmann
Más allá de los sueños
Todos soñamos. Todos tenemos sueños. Dicen que, a veces, los sueños se hacen realidad, y el mundo está lleno de ejemplos
de ello, así como también de ejemplos en los que, desgraciadamente, el sueño nunca llega a realizarse. En mi caso, la
realidad excedió del sueño o, mejor dicho, me sobrevino una realidad que ni siquiera había soñado.
Nací enBarcelona, en el verano de 1962.
Cuando eres pequeño, es normal que en
el colegio o con tus amigos “juegues” a
fútbol, a baloncesto, a balonmano o a
cualquier deporte que no requiera unas
instalaciones sofisticadas. Yo así lo hacía.
Pero además, cuando tenía siete años,
mis padres me llevaron por primera vez
al Club deGolf que había enmi pueblo, el
Club de Golf Terramar de Sitges, donde
rápidamente me hice amigo de los niños
de mi edad que también iban al Club y
que, por norma general, eran hijos de
amigos de mis padres. Lógicamente,
todos empezamos a jugar a golf, más
como un juego que como un deporte.
Pero lo importante es que todos crecimos
juntos, estrechando nuestros vínculos y
tejiendo día a día, sin saberlo nosotros
mismos, una malla inquebrantable que
hamantenido nuestra amistad hasta los
tiempos actuales, con momentos dulces
y momentos duros en los que siempre
hemos estado el uno al lado del otro.
Al margen de otros deportes que podía-
mos practicar esporádicamente, nuestro
tiempo libre lo solíamos pasar jugando
a fútbol y jugando a golf. Pero cuando
tenía veinte años, sufrí un accidente
de coche, a resultas del cual quedé
parapléjico. Pero no me voy a ocupar
ahora de hablar de las consecuencias
de ello, sino que voy a centrarme sólo
en las consecuencias de mi accidente
en relación con la práctica del golf.
Evidentemente, desde el momento en
que te quedas parapléjico, ni se te ocurre
la posibilidad de volver a jugar a golf
algún día. Mis amigos, de los que os
hablaba antes, estuvieron siempre a
mi lado y continuamos con la misma
relación que antes, sólo que ahora ellos
jugaban el partido y yo les esperaba en
el Club a que terminaran, para reunirnos
y hacer otras actividades juntos. Sin
embargo, veinte años después, y gracias
a la insistencia de uno de ellos, que me
decía que había visto en una televisión
norteamericanaaunparapléjico jugando
a golf con una silla especial, localicé
esta silla en el mercado y me hice con
una. De esta manera, veinte y pico años
después de mi accidente, volví a hacer
lo que nunca había soñado que podría
repetir: compartir partidos de golf con
mis amigos de la infancia.
Lógicamente, quería “recuperar el
tiempo perdido” y, por eso, jugaba todo
lo que podía. Me enteré entonces de
que existía en Europa una Asociación
de Golf para Discapacitados (EDGA),
que organizaba campeonatos por toda
Europa. Me faltó tiempo para, poco
a poco, ir introduciéndome en estos
campeonatos. Mi nivel todavía eramuy
bajo y tenía que mejorar mucho para
estar a un nivel alto. La atmósfera, el
ambiente que se respiraba en cualquiera
de estos campeonatos internacionales,
resultaba ciertamente embriagador.
Acudir a uno de los campeonatos te
incitaba a intentar acudir al siguiente,
y así, sucesivamente, como si hubieras
sucumbido a una especie de adicción
difícil de controlar.Ytodoveníamotivado
por el clima, el ambiente del que antes
os hablaba. Pero, especialmente, porque
ahí es donde, al menos yo, descubrí los
conceptos de superación y determina-
ción. Muchas veces he oído –como la
mayoría de los que hemos quedado
parapléjicos por algún motivo– que
“somos un ejemplo de superación”;
y yo me pregunto ¿Por qué?, ¿porque
conducimos un coche?, ¿porque traba-
jamos?, ¿porque hacemos una vidamás
o menos normal? En mi caso, ¿porque
juego a golf? Nunca he reconocido
superación en estos hechos. Los veo
absolutamente normales. Yo juego a
golf porque es mi pasión y resulta que
existe una silla especial que me permite
jugar porque me pone de pie. Entonces
¿dónde está el presunto mérito?
Sin embargo, cuando participé por
primera vez en un campeonato de golf
adaptado del circuito europeo, y vi los
jugadores que tomaban parte del mis-
mo, las muy diversas discapacidades
que vencían para poder jugar a golf, el
magnífico nivel que mostraban algunos
de ellos, la solidaridad absoluta entre
todos ellos, el respeto a los que no tenían
un nivel tan alto, la competitividad en
grado máximo que, al mismo tiempo
(cosa difícil de combinar), demostraban
en el campo, realmente descubrí un
nuevo mundo, un mundo excitante y
desconocido, un mundo que te invita
a puertas abiertas a integrarte en él,
Experiencias
Lógicamente, quería “recuperar el tiempo perdido” y,
por eso, jugaba todo lo que podía.