Page 27 - Sobre Ruedas - Revista 78

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voy al baño. También –como si fuera
la primera vez– me veo reflejado en el
espejo. Toda una sorpresa. Las manos
agarradas al andador dan al cuer-
po una estabilidad inmensa (gracias,
Medina). Cojo la máquina de afeitar
y aprovecho la altura y el espejo. Os-
tras, ¡si tengo a mano el bálsamo!
Una vez acabado, me pongo un poco,
huele bien. Salgo del baño y, poco a
poco, voy al comedor. Abro la ventana
de la terraza y salgo. Cuesta un poco
superar el pequeño desnivel, pero se
supera; después de cinco meses largos
de ejercicios en Guttmann uno supera
cualquier cosa. Derecho y agarrado a
la baranda veo a mi vecino que pasa:
–¡Hola, Pere! Hace un poco de viento
y no me oye. Sigo mirando la calle: los
coches, las personas, las bicicletas…
¡todo! Pasa un buen rato y sigo con-
centrado como si fuera la primera vez
que miro. Desde el principio de la calle
bajan Alicia e Irene. Las veo pero no
me ven. Tampoco miran hacia arriba,
¿Por qué tendrían que hacerlo? Están
llegando y les doy un grito. Entonces
miran hacia arriba y me saludan; con
cara de sorpresami mujer, con inmensa
alegría y sonrisa Irene. –Hola papa,
holaaaa. No te muevas, que subo y te
abrazo. ¡Y lo hace!
11 de junio de 2011:
Hace justo siete
meses de la embestida. Con mi mujer,
abrimos una botella de cava y brin-
damos. Si esto no es disfrutar de la
felicidad… que me lo expliquen.
28 de junio de 2011.
En la sala de
Terapia Manual, Carlos se me acerca
por detrás. Trae un par de muletas en
las manos y me dice que las coja.
–¿Quieres decir, Carles? –le pregunto
un poco descolocado.
–Quiero decir, me dice con una mirada
de aquellas que sabes que no fallan.
Con socarronería añade: –son órdenes
de Montse.
–¡No hablemos más entonces! –Suelto
el andador, cojo las muletas y… uno
que anda cada vez más normal.
Debía ser hacia el año 440 antes de
Cristo–másomenos,porqueexactamente
tampoco lo sabe nadie– que Sócrates
hablaba de una idea que siempre me ha
impactado. El maestro de la filosofía
pensaba que, en la vida, hay que ir
poco a poco escogiendo los amigos.
Pero que, una vez escogidos, hay que
mantenerse firme, constante y fiel a
su lado. Este ateniense, de envidiable
inteligencia, también decía que cada
acto, cada palabra o cada pensamiento
con que uno actúa tendrían que ser
siempre los más próximos a como lo
haría si, por algún imprevisto, tuviese
que irse de este mundo antes de hora.
Así es en Guttmann. Finalmente, una
nueva amiga, Vicky, me sorprende con
un piropo inesperado: “Bernat, eres
un hombre con clase. No lo dudes y
no la pierdas nunca”. ¡Que vergüenza
íntima tan grande al sentirse tan bien
visto! Y, al mismo tiempo, qué cerca
de un padre querido y añorado con
“locura” durante tantos años.
Ya es la noche del 28 de junio.
Hablo
con mis hermanos y mi madre, lla-
mo a Pilar, a Luis de Santa Eulalia
del Campo, a mi primo Jordi y a mi
otro amigo –desde que teníamos dos
años– Jordi: ¡ando con muletas!, les
cuento. En la entrada de casa, mi
mujer me da un beso. Qué casualida-
des impagables que se dan en la vida
que, ahora sí, certifico que ¡merece
la pena vivir! Me lo decía la cabeza,
pero ahora, además, me lo dice el
corazón.
Gracias a todos. Entre otras cosas,
porque nunca podré devolver tanta
generosidad; ya lo sabe el doctor Joan,
ya lo sabe Lali y ya lo sabe mi querido
doctor Xavier, ese pediatra que dicen
que ahora es alcalde. Nunca.
Bernat Capell
1 de julio de 2011
bcapell@gencat.cat
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