Page 26 - Sobre Ruedas - Revista 78

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Experiencias
Del Hospital de Sant Pau a Guttmann,
pero ¡merece la pena vivir!
Javier y Montse me acompañan des-
pués de mi larga temporada en cama
o, como máximo, desplazándome de
aquí para allá en una silla de ruedas.
Indescriptible. Los dos me miran a
los ojos y callan. Su mirada creen que
aparenta la normalidad del ser humano
que, como cada día, simplemente hace
su trabajo. Pero la auténtica expresión,
sus ojos, y su concepción de “vocación
innegociable” los delata. “Bernat acaba
de andar –piensa Javier–“. Hoy es un
gran día también para este hombre
–reflexionaMontse”. Porque ¡son tantas
las personas que, a su lado, han tenido
la suerte de vivir un privilegio de esta
incontrastable magnitud!
Al día siguiente, jugaba el Barça la final
de la Champions contra el Manchester
United. Y ganaba su cuarta Copa de
Europa. Pero, en esos momentos, en la
Guttmann de Badalona, eso era irre-
levante. Tampoco importaba aquella
furgoneta que, meses atrás, me embistió
violentamente en Barcelona y situaba
las cosas entre la vida o la muerte; más
cerca de la segunda opción que de la
primera. “Hoy–pensabayvolvíaapensar
mi cabeza– un hombre ha vuelto a ser
el de antes, cosa que poco se imaginaba
nadie; ni los cirujanos que tuvieron que
27 de mayo de 2011.16:43 horas. En la Sala de rehabilitación y Laboratorio de marcha del Institut Guttmann
abandono las paralelas con un andador y, acompañado por dos fisioterapeutas que valen todo el dinero del mundo,
consigo hacer la primera caminata autónoma después del grave accidente de seis meses atrás.
abrir la cabeza, ni los traumatólogos
que operaron una rodilla, una cadera
y tantas otras cosas, ni ninguno de los
especialistas del Hospital de Sant Pau
que, los primeros días en el quirófano,
en la UCI o sedado e intubado por to-
das partes, le ayudaron a mantenerse
vivo. Esto es un “milagro”, explicaba
Guillem, médico veterano, inteligente
mentalidad y hombre de profunda y
larga experiencia; “pero un milagro
médico”, puntualizaba irónicamente…
los cuales existen. Joaquim (el doctor
House de turno en laUCI deSant Pau) lo
compartía. La traumatólogaMªCarmen
sufría. El ‘asturiano’ lo dudaba. Y las
enfermeras, como siempre, lo creían
por convicción y por el sentido de amor
puro que tienen; porque lo tienen.
En la Guttmann seguimos caminando,
poco a poco pero, con una lentitud al
mismo tiempo expeditiva. La vista ha
ganado altura; de hecho, poco más de
50 cm, pero vuelve a observar el entorno
desde el mismo sitio de siempre, una
perspectiva que, olvidada, mental-
mente ya no existía. Pero también la
mentalidad es rápida… instantánea.
Después de meses y meses de cumplir
con ciega obediencia los ejercicios de
Neuropsicología, el cerebro funciona
con control preciso y respuesta inme-
diata. Albert reiría si lo viera, y me
recordaría a nuestro amigo. Lucía
también. Y Pablo. Antonia, jefa del
departamento, afirmaría con su pers-
picacia contenida: esto va bien. La
enfermera Merche me amenazaría
cariñosamente: “te daré una colleja”.
Ariadna miraría desde lejos, como
aquel que no se fija, y con su expresión
dulce pero un poco distante (que tanto
ayuda en el día a día), dibujaría una
sonrisa de aquellas que te atraviesa
de arriba a abajo. Toni, Àlex, Eli,
Salva, Sandra, Cristina, Carles, Ra-
quel “alias Sebastián Vettel”, Pep…
todos los fisioterapeutas pasan por tu
lado y vuelven otra vez, pendientes de
tantos y tantos lesionados que se van
recuperando minuto a minuto. Pare-
ce que no te vean pero te hacen una
caricia o algún comentario bonito. Y
es que esto es Guttmann: un hospital
que no es un hospital, una casa que
no es una casa, un gimnasio que no es
un gimnasio…¿el paraíso, puede ser?
No, porque también se pasan malos
momentos. Y la gente llora, se asusta
o sufre; ¡también en las habitaciones!
¿Pero es que alguien ha dicho que el
paraíso sea bonito o perfecto?
11 de junio de 2011.
Estoy solo en
casa. Alicia, mi mujer, ha salido con
Irene, nuestra hija pequeña. La mayor,
Patricia, se ha despertado y ha salido
con los amigos. Después de una ducha,
lenta como no podría ser de otra forma,
me encuentro en el comedor sentado en
la silla de ruedas. Tengo el andador a
un palmo. Lo miro. ¡Caramba! Piensa
mi cabeza, ¡sin duda que esto tiene
que ser un artilugio práctico! Sin tan
solo pensarlo me pongo de pie sobre
la pierna derecha –la única que los
médicos me dejan apuntalar– y, poco a
poco, voy hacia la habitación. Hay una
ventana abierta para que la habitación
se ventile. Me acerco y la cierro. Desde
la ventana, doy un vistazo a la gente
que pasa por la calle como si fuera la
primera vez que miro. Doy la vuelta y
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/ Institut Guttmann