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adecuada con su entorno mediante la ejecución de tareas
específicas que potencien capacidades concretas y, posterior-
mente, generalizarla a funciones más complejas, distintas de
las entrenadas.
La identificación de lesiones cerebrales y su relación con alte-
raciones de la conducta es, cuando menos, tan antigua como
el papiro de Smith, datado en el año 3000 aC. Sin embargo,
su abordaje sistemático tuvo que esperar al descubrimiento de
los antibióticos y su utilización, en la II Guerra Mundial, au-
mentando la supervivencia a las lesiones cerebrales. Es en este
escenario donde Luria desarrolló todos sus trabajos y formuló
las teorías que todavía hoy continúan vigentes. Posteriormente,
coincidiendo con otro conflicto armado, la guerra de Vietnam,
y el desarrollo de los primeros ordenadores portátiles y los
videojuegos lúdicos, en el Hospital de Veteranos de Palo Alto,
en California, se observó que los pacientes que utilizaban los
videojuegos como entretenimiento en sus ratos de ocio evolu-
cionaban mejor que aquellos que no lo hacían.
Desde entonces, en los últimos 30 años, hemos asistido a un
aumento del número de pacientes con daño cerebral adquirido y
con alteraciones cognitivas, a la aparición de la neurorrehabili-
tación como disciplina, a la consolidación de la neuropsicología
como un cuerpo específico del conocimiento, al establecimiento
de unidades de daño cerebral y a un desarrollo espectacular de
la neurociencia (incluyendo la neurociencia cognitiva).
Sin embargo, no ha sido posible desarrollar pautas de rehabilita-
ción cognitiva consensuadas, ni sentar las bases de conocimiento
que permitan desarrollar una práctica de rehabilitación basada
en la evidencia, a pesar de la experiencia clínica existente sobre
la bondad terapéutica de los programas de rehabilitación cog-
nitiva intensivos y personalizados, en combinación con el resto
de intervenciones neuropsicológicas, así como de su impacto
favorable sobre el déficit cognitivo previo y, posteriormente,
en el desarrollo de las actividades del día a día.
La opinión más extendida es que estos programas han de ser
intensivos, personalizados y mantenidos durante un periodo
de tiempo suficiente para que sus beneficios se consoliden. Sin
embargo, los estudios realizados hasta nuestros días, compa-
rando este tipo de intervención con otras alternativas, revelan
una falta de significación estadística que se atribuye, por una
parte, a la heterogeneidad en el perfil de afectación y, por otra,
a la heterogeneidad del tipo de intervenciones.
Por otra parte, el modelo actual de prestación de servicios de
rehabilitación resulta inviable para un tratamiento intensivo,
personalizado, de tres a cinco horas semanales, durante un
periodo aproximado de tres meses, y las sesiones de trabajo en
grupos no garantizan que cada paciente reciba un programa
adecuado a su perfil de afectación.
Por estos u otros motivos, la realidad es que la rehabilitación
cognitiva, de forma específica, solo forma parte de un número
de programas de asistencia muy reducidos, siendo accesibles
únicamente para un porcentaje muy bajo de los ciudadanos que
podrían beneficiarse de ellos.
La principal barrera que ha encontrado la rehabilitación cog-
nitiva es la falta de evidencias en comparación con otro tipo
Es urgente, por todo ello, poner en marcha programas de
rehabilitación y estimulación cognitiva que permitan apro-
vechar la naturaleza plástica del sistema nervioso para
minimizar las consecuencias de las lesiones adquiridas
o estimular el establecimiento de nuevos patrones
de respuesta.
Interaccionar con los semejantes para
modificar las pautas de conducta es
un rasgo del comportamiento que
transciende la especie humana.
Constituye la base de la enseñanza
como estrategia de transmisión
de conocimiento, así como el
ingrediente esencial de las
técnicas de neurorrehabi-
litación. Indistintamente
de los métodos que se
utilicen, el objetivo
final es fomentar
la capacidad de
cada persona de
interaccionar
de manera