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Sobre Ruedas /
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Experiencias | “Volando somos todos iguales”
Volar con las águilas y buitres que buscan corrientes de aire ascen-
dente, dejarse enseñar por ellos, que lo practican desde que nacieron,
es algo que no puedo explicar. Solo si lo vives lo entenderás.
Yo ya he volado 56 veces y he completado mi curso en el aeró-
dromo de Ocaña (Toledo), donde unos magníficos instructores
me han enseñado a volar solo. En España solo tenemos un
avión adaptado gracias a la Fundación Vodafone. EC-BUO es
la matricula de esa maravillosa máquina de volar y es un ASK-
21. En Alp tendremos ese mismo fantástico avión de escuela
adaptado y dispuesto a enseñarnos a volar con él.
Aunque, insisto, es algo difícil de explicar, intentaré transmi-
tiros las sensaciones más impresionantes cuando empiezas a
practicarlo, escenificándolas de la mejor forma posible, aunque
diste mucho de esa realidad imposible de explicar.
Todo empieza cuando recoges tu paracaídas de emergencia y
la batería de tu radio. Te diriges a tu avión, abres tu cúpula,
dejas tu paracaídas e instalas la batería que suministra energía
a la tan preciada emisora que siempre te tendrá comunicado
con tierra una vez en el aire.
Con ayuda de cualquiera que siempre se prestará a ello, ya que es
un deporte que depende del compañerismo y la ayuda, con o sin
discapacidad, llevaremos el avión hasta cabecera de pista colocándolo
en la dirección que sople el viento. Una vez en pista, hay que revisar
minuciosamente el avión, por fuera y por dentro. Es necesario tocar
todas las piezas móviles y asegurarse de que todo está en perfecto
estado: alerones, ruedas, alas, fuselaje, aerofrenos. Y, en el interior,
hay que verificar todos los mandos, cinturones, relojes, la posición
del asiento, si hay o no pesos, que se utilizan por si vuelas solo en
un biplaza, que la radio funciona correctamente y que el aspecto
de todo es perfecto, sin diferencias respecto a otras veces.
Finalmente, te subes al avión y revisas todo lo que está a tu
alcance para, finalmente, dar el visto bueno a quien te ayudará
a levantar el plano (ala) del suelo y, sobre todo, compruebas con
la manga de viento la dirección e intensidad del mismo para
obrar en consecuencia durante las maniobras de despegue e
inicio del remolque. Comunicas por radio tu nombre, la matrícula
del avión y las palabras mágicas: ¡tensando!… A continuación,
y cuando sientes que el avión remolcador empieza a tirar de ti,
presionas el botón de la radio con el pulgar y, entonces dices:
¡remolcando! A partir de ahí ya sabes que empieza tu camino
hacia el cielo. Aún por la pista y aumentando velocidad, cuando
llega el momento en el que tu planeador empieza a volar antes
que el avión que te está remolcando y debes mantener ese escaso
metro sobre el suelo esperando a que él eche a volar, empiezas
a darte cuenta de que todo depende de ti.
El que tu avión y el que te remolca sigan su camino ya empieza
a depender de tu habilidad para hacerlo todo bien sin errores
que puedan poner en peligro a nadie hasta el momento en que
los dos empezamos a volar, tú siguiendo al que te remolca,
como si de uno solo se tratase, aunque con una cuerda de 60
metros que os separa uno del otro.
Esta parte del vuelo es muy dinámica y requiere de mucha
concentración, ya que estás a los mandos de tu avión, que no
puede desviarse de la trayectoria que te marca tu remolque. Es
de los pasos más complicados cuando estás aprendiendo, dado
que las corrientes de aire que cruzas durante el remolque no
afectan por igual a los dos aviones y siempre deberás reconducir
tu avión sin que se perciba en absoluto que es mucho más ligero
y las corrientes lo afectan mucho más.
Por fin llega el instante en el que el remolque te hace la señal
alabeando su avión de lado a lado, indicándote que ha llegado el
momento de soltar la cuerda. El buen remolcador siempre habrá
intentado acercarte hasta corrientes ascendentes e, incluso, virará
contigo hasta dejarte perfectamente encarrilado, y entonces es
cuando te sueltas y llega la tranquilidad tras el estresante viaje
al son del que nos remolcaba. Empiezas a girar esa térmica en la
que te han dejado, si no estás en ascendencia procurarás buscarlas
mirando alrededor, pájaros, piedras, carreteras, tejados de pueblos
o naves industriales, etcétera, cualquier superficie que el sol esté
calentando y provoque calor y, en consecuencia, ascendencias.
En las montañas puedes encontrar además corrientes de aire
que escalan las laderas, provocando entre otros fenómenos el
de la onda, que es la circunstancia más favorable para los que
volamos sin motor.
Un vuelo puede durar 15 minutos si no eres capaz de encontrar
ninguna ascendencia o, simplemente, no la hay aquel día, o
hasta muchas horas y recorrer cientos de quilómetros, porque
en ocasiones dejas que te absorban las nubes que, al formarse,
te atraen hacia ellas, con lo que puedes ir de una a otra sin
necesidad de virar una ascendencia.
Cuando decides ir a tomar tierra describes un buen recorrido
de viento en cola para luego entrar en base y, finalmente, a
unos 150 metros de altura, cantas por la radio tu matricula y
dices alto y claro: ¡en final! Entonces ha llegado el momento
que nos diferencia del resto de pilotos a motor, solo tienes una
Volar con las águilas y buitres que buscan
corrientes de aire ascendente, dejarse
enseñar por ellos, que lo practican desde que
nacieron, es algo que no puedo explicar. Solo
si lo vives lo entenderás.