Page 16 - Sobre Ruedas - Revista 74

Basic HTML Version

A fondo
El diagnóstico como traumático craneal
se configura desde
el principio como un atributo profundamente desacreditador
que marcará todo el proceso de rehabilitación y de reincor-
poración a la vida cotidiana. Esta etiqueta lleva consigo la
idea de que, aunque la persona tenga posibilidades de recu-
peración, será improbable que vuelva a estudiar, trabajar o
participar plenamente como ciudadano/a. Esta idea ligada
al diagnóstico actúa como una profecía que se autocumple a
través del convencimiento de los profesionales, la familia y
la misma persona con TCE. De esta manera, podemos decir,
parafraseando a uno de los informantes de la investigación,
que “el traumatismo está, pero también se hace por parte
del hospital, los médicos, la familia y el mismo traumatismo
(…)”, es decir, se construye socialmente. Esto tiene como
consecuencia que en numerosas ocasiones es la propia familia
y/o la persona con TCE la que pone trabas a su proceso, inhi-
biendo la posibilidad de plantearse nuevos retos y limitando
sus oportunidades de participación. Ante esto se defiende
la necesidad de un cambio fundamental en el proceso de
rehabilitación de las personas con daño cerebral. Se aboga
por un proceso de rehabilitación basado en las capacidades
y los puntos fuertes de la persona, no en sus carencias y
limitaciones, que revierta el estigma que supone el mismo
diagnóstico. Además, la etiqueta del diagnóstico atribuye la
responsabilidad de esta situación únicamente a la persona que
ha sufrido el TCE, planteándolo como una tragedia personal,
y no poniendo en cuestión las carencias que presenta nuestra
sociedad para dar respuesta a sus necesidades y sus derechos
de participación.
Tras un traumatismo craneal, la persona pasa de manera
repentina de ser alguien con un bagaje personal previo y unas
expectativas de futuro determinadas a vivir una situación de
expropiación de los derechos adquiridos y las atribuciones
conseguidas en la trayectoria hacia la vida adulta. Así pues,
como consecuencia de la pérdida de la capacidad de valerse
por sí mismo, la persona y su familia tienen que redefinir los
roles y las relaciones adoptadas. En general, la relación entre
padres e hijo sufre una involución hacia etapas anteriores que
sitúa a la persona con TCE en una posición infantil que justifica
la necesidad de cuidados y vigilancia constante.
A pesar de que este proceso de expropiación está relacionado
estrechamente con la necesidad de asistencia de una tercera
persona y con el descrédito que supone el diagnóstico como
traumático craneal, no se trata de una situación estática ni
inamovible. Por el contrario, se plantea como un itinerario
de cambios continuos y reajustes en la interacción con los
otros que configuran el
particular proceso de adecuación a
la discapacidad y el aprendizaje de una nueva autonomía.
16
/ Institut Guttmann