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Dentro de las estrategias conocidas, destacaremos tres
líneas de investigación básica y translacional dirigidas
a conseguir mejoras en el campo de la lesión medular:
medicina regenerativa; neuroprótesis, neuroestimulación
y neuromodulación; y terapias neurorrehabilitadoras, que
repasamos a continuación.
Medicina regenerativa
Desde hace una década, aproximadamente, se han desa-
rrollado multitud de estudios relacionados con la medicina
regenerativa. Entre ellos, cabe destacar los trabajos sobre
fármacos con funciones neuroprotectoras, los cuales, apli-
cados en la fase aguda, han permitido disminuir el daño
neurológico secundario que se produce tras una lesión me-
dular traumática. En los años 1992 y 1997 se publican los
trabajos NASCIS II y III, respectivamente, que preconizan
el uso de altas dosis de corticoides en las fases precoces,
durante las primeras 8 horas tras el accidente, para dis-
minuir, en parte, el daño a nivel de la médula espinal. Si
bien los resultados conseguidos fueron más evidentes en
animales de experimentación que en humanos, sigue siendo,
en muchos países, el tratamiento de elección durante la fase
aguda. Se han ensayado otros fármacos con este fin, como
las tetraciclinas –un antibiótico muy conocido, con carac-
terísticas antioxidantes y antiinflamatorias– y el MK801,
un bloqueante de los receptores de glutamato, antagonista
del GABA, así como muchos otros.
También tienen su papel las terapias neurotróficas, con el uso
de las llamadas proteínas con factores de crecimiento (protein
growth factors). Entre ellas, las más estudiadas son la NGF,
la BDNF, la NT-3 y la NT-4, y, aunque en la actualidad no
existen ensayos clínicos con estas substancias, es probable que
tengan su papel, en combinación con otras terapias celulares,
de cara a estimular el crecimiento axonal.
Quizá uno de los apartados más interesantes ha sido el de-
sarrollo de sustancias que ayuden a eliminar el ambiente
inhibitorio que se crea tras una lesión medular traumática.
Existen, básicamente, tres moléculas cuya capacidad de inhibir
el crecimiento axonal a nivel medular ha podido demostrarse y
son el NOGO, las MAG (glicoproteínas asociadas a la mielina)
y CSPG (chondroitin sulfate proteoglicans).
La más conocida es la molécula NOGO, una proteína descubierta
por el grupo del profesor Martin Schwab en Suiza, y que tiene
capacidad de inhibición del crecimiento axonal. Actualmente,
desde enero de 2006, se ha iniciado un ensayo clínico, Fase I,
financiado por la empresa Novartis, con pacientes lesionados
medulares agudos usando esta molécula inhibidora del NOGO
(el anticuerpo IN-1).
Otra sustancia, la condroitinasa ABC, una enzima bacteriana,
también se ha visto que tiene efectos contra el crecimien-
to axonal. En este momento, la compañía farmacéutica
Acorda Therapeutics está trabajando con esta molécula y
se han iniciado los primeros ensayos en humanos, si bien
aún no se conocen los resultados definitivos sobre seguridad
y eficacia.
Finalmente, dentro de este capítulo, cabe co-
mentar algunos resultados sobre trasplantes
celulares que se han realizado durante estos
últimos años. Son muchos los trabajos publica-
dos de laboratorio con modelos experimentales
mediante animales, con este tipo de terapias
celulares. Los resultados son realmente espe-
ranzadores y parece que serán, en los próximos
años, objeto de múltiples ensayos clínicos en
humanos, en el intento de conseguir algún tipo
de regeneración en la médula espinal dañada.
Sin embargo, aún no existen suficientes estudios
preclínicos que justifiquen el uso indiscriminado
de dichas terapias celulares.
Trasladar una terapia experimental a la clínica
habitual requiere toda una serie de pasos im-
prescindibles, antes de su aprobación para el
uso en humanos. Es necesario, ante todo, que el
fármaco, o el procedimiento a probar, sean segu-
ros y eficaces. Tales pasos, si las cosas se hacen
correctamente, necesitan de un largo camino. Se
calcula, por ejemplo, que la aprobación defini-
tiva de un fármaco, o de una técnica específica
para el dolor neuropático, requiere alrededor
de unos 15 años. Los ensayos preclínicos, en
los que se perfilan las posibles indicaciones
de una determinada terapia, suelen durar
entre 3 y 7 años; los ensayos clínicos en fase
I, en los que se evalúa la seguridad de la
terapia, pueden tardar en realizarse entre
2 y 3 años; los de fase II, en los que se
valoran la eficacia y los posibles efectos
secundarios, suelen durar entre 2 y 4
años; los ensayos clínicos en fase III,
en los que se confirma la eficacia
de la terapia, se monitorizan sus
efectos adversos y se efectúa un
seguimiento a largo plazo, suelen
durar entre 1 y 4 años. Después
de estas tres primeras fases,
y siempre que los resulta-
dos sean relevantes, sigue la
aprobación por el organismo
sanitario específico, que
suele demorarse entre 1 y 2
años. Y, finalmente, existen
los estudios poscomercia-
lización, ensayos clínicos
de fase IV, que acaban de
certificar la validez de una
determinada terapia.
Como vemos, este largo
proceso de desarrollo de
una nueva medicación –o
de un nuevo proceso tera-
péutico– es necesario para
evaluar, de forma segura y
eficaz, el producto.