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Sobre Ruedas /
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Dossier de actualidad | Ética
La ética del cuidado responde siempre a un imperativo moral:
no abandonar a su suerte a aquel que sufre. Existen muchas
maneras de vivir la enfermedad, tantas, probablemente,
como seres humanos. El modo en el que la persona enferma,
cómo acepta su nueva situación y reacciona frente a ella es
determinante en el proceso de curación. La aceptación de la
enfermedad es el primer eslabón para su ulterior curación.
El cuidador debe ayudar al sujeto enfermo a aceptar su
nuevo estado y corresponsabilizarse con él. La enfermedad
siempre pone en cuestión al hombre y lo hace un ser fron-
terizo, limítrofe, puesto que ésta le hace enfrentarse a una
nueva realidad vertiginosa y penetrar en sus misterios y,
quizás, en el lado más oscuro de su ser. Es por ello que la
vivencia de la enfermedad, en el sentido fuerte del término,
constituye un episodio biográfico irreducible: siempre hay
un antes y un después.
No parece correcto afirmar, en la relación que se establece en el
acto de cuidar, que el sujeto que cuida sea el elemento activo de
la relación, mientras que el sujeto objeto de cuidados representa
su polo pasivo. Existe, sin duda, una simbiosis relacional de
mutuo beneficio entre el sujeto cuidador y el sujeto cuidado, a
pesar del inicial carácter asimétrico.
Para curar es necesario cuidar
Cuidar y curar no se constituyen como actividades paralelas e
independientes que no se encuentran nunca –como sucedería
con los raíles de una línea ferroviaria–, sino que están estre-
chamente implicadas. Normalmente, para curar es preciso
cuidar. Por tanto, el cuidar (
to care
) propio de la enfermería y
el curar (
to cure
) propio de la medicina no deben considerarse
como formas excluyentes o antagónicas, sino complementarias.
Existe una sinergia entre ellas que favorece la lucha contra
esa fragilidad y menesterosidad humanas. Ambas se necesitan
mutuamente. Sin cuidados, no hay curación posible. Y es que el
acompañamiento siempre mitiga el sufrimiento. Hemos dicho
que el cuidar responde a un imperativo ético: no abandonar
nunca a aquel que sufre. Y no abandonarlo significa, justa-
mente, acompañar, consolar, mirar, acariciar, dar la mano,
estar presente…
El padecimiento y el dolor nos ensimisman, ahondan nuestra
mismidad y desarraigo, porque la muerte se nos muestra siem-
pre como una acechante amenaza. Por tanto, ese sufrimiento
humano requiere acción urgente, eficacia, cuidado, acompa-
ñamiento, compasión (del latín
co-patere
, “padecer con”),
consuelo, solidaridad… La máxima es: frente al sufrimiento,
acción; pero una acción eficaz y eficiente y una capacitación
permanente, con grandes dosis de sensibilidad ética.
Además de la capacitación permanente y de la sensibilidad moral,
se han apuntado algunos “constructos éticos” básicos para el
ejercicio del cuidado que es conveniente tener en cuenta, como
son la compasión, la empatía, la competencia, la confidencialidad,
la confianza y la conciencia, atributos todos ellos que sirven de
ayuda para identificar las conductas específicas del cuidar. En
esta misma línea podemos segregar los denominados “rasgos
categoriales del cuidado”, como son el tacto y la caricia (dentro
de nuestro especial y personal universo simbólico), la escucha
atenta y sincera, y no perder, incluso en las situaciones más
dramáticas del proceso, el sentido del humor. Y, por último, hay
que abundar en lo esencial del cuidar, que englobaría aspectos
como “dejar que el otro sea”, es decir, que se autodetermine;
también “procurar por el otro” y “no sustituirlo”, respetando
su principio bioético de autonomía, y anticiparse al “poder
ser del otro” a través de la plena confianza. Como afirma G.
Brykczynska, “confiar en alguien es creer en él, es ponerse en
sus manos, es ponerse a su disposición. Y sólo es posible ponerse
en las manos de otro si uno se fía del otro –‘con-fía en el otro’- y
le reconoce una autoridad no sólo profesional, sino también, y
he ahí lo más importante, moral.”
SR