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/ Institut Guttmann
Dossier de actualidad
Ética del cuidar
Todos somos enfermos en potencia
En nuestra condición de seres humanos, todos somos potencialmente enfermos porque, por naturaleza, somos frágiles
y vulnerables, al tiempo que pequeños universos, dependientes y fugaces.
El ser humano es potencialmente un ser enfermo. Esa es la
gran premisa de partida. Todos podemos enfermar en cualquier
instante porque somos seres frágiles y desvalidos, porque la
vulnerabilidad es un rasgo intrínseco a nuestro ser, a nuestra
propia naturaleza como personas.
En su más radical profundidad, los humanos también somos, de
origen, un misterio inextricable, seres inacabados, imperfectos,
con fecha de caducidad y de difícil caracterización filosófica.
Somos pequeños universos en nosotros mismos, pero sin lugar
a dudas seres extraordinariamente dependientes y fugaces.
El ejercicio del cuidado está indisolublemente ligado a la ética
del cuerpo, puesto que la gestión de la atención personal implica,
por regla general, contacto y trato directo con una corporeidad
que nos es ajena, vulnerable y frágil, que sufre, que siente, que
tiene dolor… y ello comporta tener consideración, respeto,
acompañamiento, delicadeza en el trato, una cierta invasión
de la intimidad, atención a la dignidad humana y algunas
dosis de pudor personal. Sólo quien se ha sumergido en los
abismos insondables de su propia vulnerabilidad, de su propia
aflicción y sufrimiento es capaz de comprender a aquel otro
que está completamente hundido, abandonado a la intemperie
de la enfermedad. En el escenario de la acción de cuidar se
produce el encuentro entre dos microcosmos personales, entre
dos destinos singulares, entre dos conciencias ensimismadas
que se miran frente a frente.
La vulnerabilidad como base
y frontera del cuidado
Por tanto, la vulnerabilidad, es decir, la fragilidad de la persona,
es la base y, al mismo tiempo, el límite del cuidado. Ya hemos
dicho que la persona es finita, quebradiza, fronteriza… precisa
de los demás para sobrevivir, necesita del cuidado y ayuda de
otras personas, especialmente cuando atraviesa por determinadas
circunstancias de extremo desamparo, como son el padecimiento
y la enfermedad. Es justamente en el desarrollo de la enferme-
dad cuando el ser humano adquiere la clara conciencia y máxi-
ma percepción del vértigo que supone el reconocimiento de su
enorme fragilidad. En el epicentro del problema se halla, pues,
el sufrimiento, el dolor físico y espiritual y el acompañamiento
del que cuida y mitiga ese sufrimiento. Quien merece cuidado y
atención por sí mismo como algo insustituible es, precisamente,
la persona humana, porque es un ser valioso en sí mismo, un ser
que tiene dignidad y no precio. El ser humano no es una cosa
entre las demás cosas, es un ser, un
subjectum
, cargado de drama
existencial. Por tanto, no es un objeto, es un sujeto. Como decía
el filósofo Zubiri, es un ser “sentiente” (no sintiente), esto es, un
ser en medio de un mundo abierto a las cosas, pero el hombre se
“siente sentir” o, mejor aún, se siente a sí mismo; es un juego de
palabras que encierra la clave del drama existencial. La persona
necesitada de cuidados jamás puede reducirse a un conjunto
de cosas o sistemas integrados, sino que debe ser contemplada
como un tú, como un
alter ego,
no en una relación vertical, sino
horizontal, como alguien que está frente a nosotros: dependiente
y fugaz, efímero, también, como nosotros mismos.
Como decía Kant: “La humanidad misma es una dignidad,
porque el hombre no puede ser tratado por ningún hombre
(ni por otro, ni siquiera por sí mismo) como un simple instru-
mento, sino siempre, a la vez, como un fin; y en ello estriba
su dignidad.”
Antropología del cuidar
Quien cuida, aquel que ejerce la acción cuidadora, es, de igual
modo, un ser humano y ello significa que también es frágil y
limitado, a pesar de que en nuestra sociedad contemporánea hay
cierta tendencia a enmascarar la vulnerabilidad, a negarla. El
olvido permanente de la fragilidad del hombre contemporáneo
es una de las notas más características de nuestro tiempo y
explica, en parte, la dificultad que posee el sujeto moderno para
integrar la experiencia del sufrimiento y del dolor en su vida
diaria y, especialmente, la de su muerte. La vida es rara porque
nos morimos y eso nos eleva a todos a la categoría de filósofos,
por el sentido trascendente que ello encierra. Decía Miguel de
Unamuno que el hombre “es un animal vertical guardamuer-
tos”. En el largo proceso de hominización, que se remonta a
la oscura noche de los tiempos, nos dice la antropología que
“el hombre es humano desde que entierra a sus muertos”.
Pues bien, no es menos cierto que, como afirma la enfermera
canadiense Simone Roach, “aquello que nos define e identifica
como especie es, justamente, el cuidado de nuestros enfermos,
de nuestros niños, de nuestros ancianos y moribundos”.
Francisco Montero
Enfermero y doctor en Filosofía
Máster en Bioética
Miembro del Comité de Ética Asistencial
Hospital Universitari de la Vall d’Hebron