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La Entrevista | subsecció
“La transparència del cigne”,
escribir para recordar
A veces se recuerdan fechas con mucha precisión y claridad. La fecha que yo recuerdo así es el 17
de diciembre de 2000. Y, para no olvidarla, decidí que, si salía de todo aquello, escribiría algo para
recordar, pero también para que la gente que, como yo, estuviese pasando por una situación similar,
encontrara esperanza y confianza.
Recuerdo todo lo que hice ese día desde que me levanté hasta que
me despedí de mi existencia tal como yo la recordaba. Recuerdo
cómo me desperté esa mañana, cómo fui a la cocina y me pre-
paré el desayuno. Incluso recuerdo lo que desayuné: dos bollos
con mantequilla que, por cierto, jamás he vuelto a probar, y un
café con leche. Mis padres no estaban en casa, era viernes y yo
tenía que estudiar. Me puse a estudiar y, al cabo de unos minutos,
muy pocos, algo sucedió en el interior de mi cabeza. Sentí un
terrible dolor, un dolor que jamás había sentido antes. No era
exactamente un dolor de cabeza, pues no sentía la cabeza, se
me quedó rígido el cuello, no podía moverlo y no podía respirar.
Pensé que ya se pasaría, pero no se pasaba. El dolor era cada
vez más intenso y el pánico que sentía también. Me empecé a
sentir débil, empecé a ver mal y cada vez me ahogaba más.
Entonces pensé que, quizás, si volvía a la cama, se me pasaría y
despertaría al cabo de unas horas sin recordar el dolor. Así que
fui a la cama e intenté relajarme, pensando que aquello no era
cierto, que en realidad me estaba obsesionando por un dolorcillo
de cabeza. Pero la realidad no tenía nada que ver con lo que yo
me decía para tranquilizarme: el dolor era cada vez más intenso,
tenía el cuello cada vez más rígido y sentía cada vez más miedo.
Cogí el teléfono e intenté recordar un número: el 061. Alguien
contestó al teléfono y poco después me encontré en el interior de
una ambulancia. Ya no recuerdo más.
Me desperté unos meses más tarde. Había sufrido un derrame
cerebral. Me habían operado y ahora me recuperaba en una
cama de hospital. Al despertar no tuve miedo: no sentía el cuerpo,
pero sí sentía confianza. Y fue la confianza lo que me ayudó a
volver a hacer cosas. Cosas banales, como levantar una mano y
coger algo. Había perdido la movilidad de la mano izquierda y,
en general, de toda la parte izquierda del cuerpo. Me asusté un
poco al principio, puesto que yo era estudiante de décimo curso
de piano en el Conservatorio y, lógicamente, necesitaba ambas
manos para tocar. Entonces, algo me hizo pensar que, quizás,
ya no quería tocar más el piano y decidí que quería tocar otro
instrumento. El médico que me había operado sugirió que el
estudio de un instrumento de cuerda, como el violín, la viola o el
violonchelo me ayudaría a recuperar la movilidad perdida. Parecía
una locura pensar en tocar un instrumento, tumbada en aquella
cama del hospital, pero como ya he dicho sentía mucha confianza,
a pesar de todos los inconvenientes que tenía el haber sufrido una
operación en el cerebro. Uno de esos inconvenientes fue que, al
despertar, no entendía el idioma en que me hablaban. No recordaba
ni el castellano ni el catalán, ambas mis lenguas maternas. Los
pobres médicos y enfermeras se esforzaban por hacerse entender,
pero yo no hablaba. Estuve varios días sin poder pronunciar una
palabra. Mi familia parecía preocupada, pero a mí no me parecía
importante el hecho de hablar o no hablar. La verdad es que no sé
por qué no podía hablar. Un día vino un médico a mi habitación
y me dijo que tenía que hablar porque no me pasaba nada en las
cuerdas vocales. Entonces dije algo.
El doctor que me había operado era un señor menudo, delgado,
con las manos muy pequeñas. Transmitía una seguridad que hasta
entonces nadie me había transmitido. Seguí su consejo y empecé
a tocar la viola. Al principio fue extraño. Me resultaba difícil en-
tender que tenía dos manos y dos brazos que debía mover. Al tocar
un instrumento tienes que ser muy consciente del propio cuerpo.
Poco a poco fui recuperando la movilidad en la parte izquierda
del cuerpo, empecé a poder coger cosas, a coordinar las piernas
para caminar, aunque me resultaba especialmente difícil subir
y bajar escaleras. Por eso la viola me ayudó. Cuando las demás
acciones ya estuvieron superadas, es decir, cuando supe hacer
todo lo que sabía hacer anteriormente -coger un vaso, caminar
con seguridad, acciones cotidianas en definitiva-, me di cuenta de
que con la viola me faltaban todos aquellos reflejos que uno tiene
normalmente. Así que, lentamente, fui volviendo a recuperar la
espontaneidad en todos mis movimientos.
Unos años más tarde, me fui a vivir a Suiza con una beca para
estudiar la viola en el Conservatorio de Lausanne. Cuando
llegué a aquel país me dio la sensación de que debía de estar
en un sueño, ya que me parecía imposible que yo estuviera allí.
Pero lo que me resultaba más raro, y sobre todo cómico, era
que todo aquello se hubiese originado el 17 de diciembre de
2000, a causa de un derrame en el cerebro.
Es extraño cómo la sucesión de eventos en nuestra vida a veces es
caótica y no tiene ningún sentido. Aquella mañana de diciembre
no entendí nada de lo que sucedía, sólo sentí un tremendo dolor de
cabeza. Pero ahora lo que recuerdo no es aquel dolor sino todas las
personas que conocí y que me ayudaron y todas las situaciones que
viví. Mi derrame cerebral parecía, al principio, una broma de mal
gusto, pero con el paso del tiempo todo adquiere su significado.
Este libro, “La transparencia del cigne”, no es exactamente una
autobiografía. Está a caballo entre la realidad y la ficción. Muchas
de las cosas que describo me pasaron, otras le pasaron a gente que
yo conocía y otras, simplemente, me las he inventado. Porque la
literatura es como la vida, nos la inventamos.
Irene Ricó
irenericnit@yahoo.es
Barcelona
Sobre Ruedas /
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