Page 17 - Sobre Ruedas - Revista 70

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La Entrevista
| subsecció
Esto continúa siendo así, durante los
últimos 45 años he utilizado la silla de
ruedas, cada vez que necesito cambiar de
silla me veo sometido a un interrogatorio
por alguien que anda. Siempre cuestiono
el hecho de que yo necesite la ayuda tec-
nológica de alguien que no tiene la más
remota idea de cómo es mi vida, de cuál
es mi visión de la vida o cuáles son mis
intereses o de lo que yo hago en mi vida.
Ellos determinan lo que supuestamente
necesito. Veo a estos profesionales como
un obstáculo, más como un hándicap que
como un apoyo.
Sin embargo, soy consciente de que
no siempre es así, algunas personas
que he conocido realmente sabían de
lo que estaban hablando y realmente
su aportación fue útil. Es más, estos
profesionales complementaban mis
conocimientos, también apreciaban lo
que yo hago, aprendían tanto de mí
como yo de ellos. Estas personas exis-
ten, pero son la minoría.
¿Cual fue la situación que encontró
para la gente con una gran discapa-
cidad cuando llegó a Suecia?
Cuando llegué a Estocolmo en el año
1973, la gente como yo que vivía sin la
familia en la comunidad contaba con los
servicios del gobierno local que les ofre-
cía asistentes del hogar, los mandaban a
las casas para ayudarte. Te ayudaban a
levantarte por la mañana, ayudaban con
la alimentación, hacer tus necesidades en
el lavabo y a ir a la cama. Estas personas
eran llamadas en ese momento “samari-
tanos de casa”. Eran ineficientes, pero
todo el mundo los utilizaba. Entonces
pensé: “¿cuál es mi papel? Desarmar a
estos samaritanos” Je, je, je, je…
Por otro lado, no podías elegir quién iba
a trabajar para ti. Sabía que muchas
mujeres estaban muy enfadadas, tenían
que recibir ayuda por parte de hombres
incluso en las tareas más íntimas de su
vida diaria, era un insulto. No existía
ningún tipo de sensibilidad para ello,
porque para la maquinaria del sistema
de los servicios de ayuda doméstica era
muy importante que cualquier trabaja-
dor pudiese ir con cualquier cliente. En
la medida en que alguien hacía unas po-
cas semanas de entrenamiento ya podía
ir con cualquier persona. El sistema era
demasiado complejo como para asegu-
rar que la persona adecuada iba con
el cliente adecuado. Esto significaba
que ambos, el trabajador y el cliente,
estaban despersonalizados. No son per-
sonas, son como pollitos en la maqui-
naria. Esta organización funciona bien
con la gente que reparte paquetes, pero
cuando se trata de contacto humano y
especialmente cuando se trata de cosas
como quién va a ayudarte con la higie-
ne personal, quién va a ayudarte en el
lavabo, es cuando el factor humano
adquiere una gran importancia. Como
consumidor de servicios estabas com-
pletamente oprimido, paralizado. Esto
fue lo que me encontré cuando llegué
aquí. Era bastante horroroso.
Cuando estuve en Los Ángeles, gracias a
la ayuda económica del gobierno alemán
tuve la posibilidad de emplear a la gente
que a mí me gustaba para ayudarme. En
ese momento se realizó un campus abier-
to y entrevisté a becarios para asistirme
de manera adecuada en distintas tareas.
Entonces cuando llegué aquí, vi a toda
esa gente sujeta al sistema de esa maqui-
naria impersonal e incluso observé que
no se daban cuenta de la mala situación
en la que se encontraban. Por supuesto,
no estaban satisfechos con sus vidas, no
tenían objetivos, no tenían propósitos,
y unos cuantos estaban deprimidos. La
mayoría no eran realmente conscientes
de qué solución les quedaba porque eran
los consumidores, estaban acostumbra-
dos a ello, no había alternativas.
¿Como se promovió el cambio?
En el año 1983, invité a algunos ami-
gos míos del movimiento de vida in-
dependiente de California a venir a
Estocolmo para hablar sobre la vida
La Entrevista
| Adolf Ratzka
Sobre Ruedas /
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